¿Eres extraordinario?

¿Eres extraordinario?

En la medida que pasan los años esta reflexión me acompaña a todas partes. A veces me sorprende esa actitud en mí. Es extraña, pero me gusta porque me mantiene en estado de paz.

Después de muchos años de agotamiento ante mis reacciones impulsivas, pude darme cuenta del origen de mi paradoja. Mi madre siempre me educó bajo la premisa de no mostrar ostentación alguna, que no buscara destacarme demasiado y, menos aún, ser presumida, ya que no se sabía hasta cuándo duraría toda la riqueza de mi padre. Cada vez que me lo decía mi cuerpo experimentaba una sensación de rabia y tristeza y, poco a poco, fui preparándome para estar de segunda en todo.Hace unos años, recuerdo con consciencia haber descubierto su voz en mi mente con la frase: “Nahil, no llames tanto la atención, deja que los demás se destaquen, porque si papá se arruina ya nadie te tomará en cuenta”. Lo mejor de todo es que papá tiene 98 años, sigue vivo y con dinero. El darme cuenta de esa creencia infantil, que me mantuvo de segunda por muchos años, me liberó de culpa y me llevó a disfrutar mis progresos como persona y profesional, además del valor de los demás.

Hace una semana, hablando con mi nieta mayor por teléfono, me comentó con mucha sinceridad:

“Abuela, la vida de los niños es injusta”; sus palabras me sorprendieron, ya que, con apenas diez años, sus palabras me sonaban muy fuertes. Le pregunté por qué lo decía, y me narró que había hecho un dibujo muy hermoso, pero que además, había ayudado a su mejor amiga a hacer el de ella, pero la maestra calificó a su amiga con la mayor nota, y no a ella. Enseguida vino a mi mente el consejo de mi madre y me dije a mi misma que cambiaría el destino de mi historia y por ende el de mi nieta. Entonces, para no subestimar el trabajo de su maestra, me dediqué a que aprendiera la lección de igualdad. Le pedí que me escuchara atentamente y entonces le pregunté: “lo que hiciste fue maravilloso”, pero, ¿quién es la niña más bondadosa de tu salón? Pensó por un momento y me dijo: “yo, abuela”. Seguí preguntándole: ¿quién es la niña más estudiosa del salón? Uhmmm, creo que debe ser Gabriela, porque tiene altas calificaciones. ¿Y el mejor músico? ¡Mi hermano! En la medida que mi nieta iba respondiendo a mis preguntas, se iba dando cuenta que ella podía ser bondadosa, pero que de la misma manera otros niños también contaban con cualidades que le hacían ser el mejor en algo, y que su amiguita era la mejor en ser alegre y eso le agradaba a la maestra, lo cual pudo haber sido la causa de haberse ganado la mayor calificación en su dibujo.Con esta historia quise mostrarle a mi nieta, algo que mi madre nunca supo explicarme a mí: que en todo lo que hacemos necesitamos tomar nuestro puesto en la orquesta de la humanidad. Todos somos maravillosos e importantes, todos somos magníficos y sobresalientes. Somos extraordinarios en lo que hacemos, pero necesitamos equilibrar la opinión que tenemos de nosotros mismos con la comprensión de que los demás también son tan buenos como nosotros. Todos somos extraordinarios.

Es ordinario ser extraordinario. No hay razón para subordinarte a tu propio juicio por ser generoso con los demás, ya que lo único que consigues es transferirles superioridad al esconderte detrás de tu culpa. Todos somos inocentes y mágicos. Simplemente, aprendamos a manejarlo. Si eres la persona responsable de tus hijos, enséñales a que ellos mismo se evalúen y valoren, pero sin malcriarlos ni subestimando a los demás, sino creando en ellos la insensibilidad por el valor de los demás.

Si eres adulto, revisa en qué eres extraordinario y reconócete, sin subestimar a nadie. ¡Feliz semana!

Siéntete libre de responder en los comentarios las reflexiones que generes.

– Nahil Núñez